Columna: Lo privado, lo íntimo y la información

En la era digital que presenciamos, la privacidad se ha convertido en un bien escaso y preciado. Con la omnipresencia de los celulares y las redes sociales, las fronteras entre lo público y lo privado se han desdibujado hasta casi desaparecer. Hoy, cualquier momento íntimo puede ser capturado y compartido en segundos, exponiendo aspectos de nuestras vidas que antes permanecían resguardados en la esfera personal. 

Esta realidad plantea serias preguntas sobre el derecho a la privacidad y la responsabilidad que tenemos al manejar la tecnología que, si bien nos conecta, también puede vulnerar nuestra intimidad de maneras insospechadas. ¿Estamos preparados para vivir en un mundo donde cada acción puede ser observada y juzgada por una audiencia global?

Tratando de explicar este interés por buscar, escarbar y exhibir -incluso voluntariamente- aspectos que pertenecen a la esfera personal, diversos autores provenientes del ámbito de la filosofía han señalado al menos tres causas: la antropológica, porque hemos ido perdiendo nuestro mundo interior, lo que a mediano o largo plazo potencia la individualidad y nos hace perder nuestra identidad; la causa psicológica, pues hemos exacerbado el voyerismo y la curiosidad malsana, que desarrolla una mentalidad que disfruta con el escándalo, el drama, el dolor e incluso la muerte y, finalmente, la causa ideológica, con la creencia ultrageneralizada de que el público tiene derecho a saberlo todo. En otras palabras, se ha absolutizado el derecho a la información, sin límites ni restricciones éticas.

No debemos olvidar que la vida privada se encuentra regulada por una serie de herramientas legales, como el Artículo 12 de la Declaración Universal de Derechos Humanos, que señala que nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su domicilio o su correspondencia, ni de ataques a su honra o a su reputación o el Artículo 19 numeral 4° de la Constitución, que asegura a todas las personas el respeto y protección a la vida privada y a su honra y la de su familia.

La evidente erosión de nuestra intimidad y privacidad que presenciamos reposiciona -o debiera reposicionar- en rol de los medios de comunicación. Éstos deben ser entendidos como sujetos empresariales, reconocidos social y legalmente, que trabajan en la elaboración de productos periodísticos con carácter profesional, no sólo a nivel de contenidos, sino que asegurando el cumplimiento de lineamientos éticos y legales en cada una de las etapas del proceso, desde la obtención de información hasta su publicación. 

Es aquí donde aparece una diferencia sustancial entre el sistema mediático tradicional y una larga lista de pseudomedios, medios alternativos o periféricos tan presentes en las más diversas redes que, por regla general, sucumben al poder del clic y el enganche fácil con la audiencia, soslayando cualquier criterio para evaluar la pertinencia, la utilidad o la conveniencia de su difusión.

Aunque intimidad y privacidad no son separables, es importante tener en claro que sí se pueden distinguir. Lo íntimo es siempre privado, pero lo privado no siempre es íntimo. Antropológicamente hablando, la intimidad es un aspecto de la vida de la persona que no es materia informativa por carecer de interés público. Es una realidad de la cual no se puede informar, pues lo propio de ella es justamente su incomunicabilidad. Si una intimidad develada, dejaría de ser tal.

Proteger nuestra privacidad requiere una combinación de medidas tecnológicas y hábitos conscientes, van desde la seguridad digital hasta la selección de fuentes confiables, pero siempre considerando el cuidado de nuestra “dieta informativa”, ese concepto acuñado por Clay Johnson que propone que, al igual que con la alimentación, debemos ser conscientes y selectivos con el consumo para mantener una “salud informativa” adecuada, implementando hábitos que ayuden a mantener una relación más saludable con la información.

Esta columna fue publicada en Diario El Sur, el 2 de octubre de 2024.