Aunque la relación de los medios de comunicación y sus audiencias ha sido históricamente tensionada por diversas circunstancias, en los últimos años subyace una crítica permanente a la calidad y sustancia de los hechos que se hacen públicos, calificados de sensacionalistas, amarillos y tendientes a la espectacularización del contenido.
Y puede que gran parte de ese ataque tenga fundamento. La cobertura informativa actual – principalmente la televisiva, impulsada en gran medida por la inmediatez y la competencia por la atención del público- a menudo sigue una lógica que prioriza el espectáculo sobre la sustancia. Sólo basta con recordar el abordaje informativo en las situaciones de catástrofe o emergencia, cada vez más frecuentes en el panorama regional y nacional.
Datos provenientes del Consejo Nacional de Televisión (CNTV) indican que la ciudadanía tiene una opinión cada vez más exigente. En la encuesta sobre el terremoto en el norte del país y la cobertura de los incendios en Valparaíso, un 43% de los consultados se autodefinió como “más crítico”, es decir, personas que frente a la calidad de la cobertura decidió apagar el televisor por saturación o desacuerdo en la forma en que se exhibió la información.
Pese a ello, en un entorno mediático saturado de información por la penetración de pseudomedios, medios alternativos o periféricos, la tendencia general es a destacar historias impactantes y controversiales, utilizando titulares llamativos y dramatizaciones que desdibujan la línea teórica entre la noticia y el entretenimiento.
Esto significa un gran riesgo: no solo reduce la complejidad de los temas tratados, sino que también puede trivializar cuestiones de gran relevancia social y política, desviando el enfoque de análisis crítico hacia una búsqueda constante de “clicks» y reacciones inmediatas.
La psicología ofrece insumos para comprender el fenómeno: la adopción de rasgos sensacionalistas despierta reacciones emocionales y sentimentales en el público. Como lo que buscan (y necesitan) muchos medios de comunicación es vender, para ello utilizan el sensacionalismo para llamar la atención. Así, el sensacionalismo se va transformando en un formato periodístico, en la medida en que responde a las necesidades del mercado y a la mercantilización de la información.
¿Cuáles son los riesgos de esta situación? Una ciudadanía desinformada, que recibe información fragmentada y superficial, incapaz de formar opiniones bien fundamentadas sobre los asuntos que realmente importan. Además, una distorsión de la realidad, donde se exageran o manipulan los acontecimientos para generar morbo o escándalo, en lugar de informar de manera objetiva y equilibrada.
Como resultado, se erosiona la confianza del público en los medios de comunicación, se fomenta la desinformación y se contribuye a crear una sociedad más polarizada, donde las opiniones se basan en narrativas sensacionalistas en lugar de una comprensión profunda y fundamentada de los problemas. La calidad periodística se ve comprometida, ya que el compromiso con la verdad y la integridad informativa se desplaza en favor de estrategias que buscan captar la atención a corto plazo.
En este sentido, se hacen urgentes al menos dos necesidades: revisar los estándares éticos del periodismo para restaurar un compromiso con la verdad y promover una narrativa más equilibrada y enriquecedora, así como debatir una adecuada regulación que reconozca el valor de la información como insumo fundamental para desenvolverse exitosamente en el entorno actual, lo que implica un reconocimiento y protección legal para los medios realmente interesados en realizar un periodismo de calidad.
Esta columna fue publicada en el Diario El Sur, el 7 de agosto de 2024.